miércoles, 1 de enero de 2014

iglesia y sado

HAZTE OÍR DICES
¡VALE!











La fotografía lo dice todo.
Un grupo de "anti abortistas" -como si las mujeres que están en contra de la nueva ley no fueran también contrarias al aborto- se planta en una iglesia y se retrata con miembros de ésta para defender "la vida", dicen ellos.

Ahora resulta que, pensándolo fríamente, estos personajes se encuentran en un lugar repleto de imágenes en las que a un Señor le dan latigazos en todo el cuerpo, lo crucifican, le clavan la punta de una lanza en un costado y sangra; le colocan una corona de espinas para mayor sufrimiento y, según ellos, el dolor que sufre dulcifica.

Señores míos, esto, según mi parecer, es una parafilia sado, ni más ni menos.
Ciertamente, el sado masoquismo es una práctica sexual en la que se alcanza el placer a través de dolor.

Cuando, por consenso de la pareja, tal práctica es aceptada, nada podemos decir puesto que es libertad de cada uno la manera de alcanzar su personal placer sexual; cuando esto no es consentido, se convierte en una aberración detestable.

Cuando esto se inculca por educación, siglo tras siglo, como estrategia de dominio de esas almas que pretenden salvar; cuando se plantea que el sufrimiento es resignación e incluso dulcifica, se están creando masoquistas en potencia que ignoran en donde se han metido e incluso no han sido preguntados si aceptan el trato. 
Evidentemente no se le infringe dolor físico; pero si se les lleva a aceptar el dolor espiritual con referencias estudiadas y esculpidas a su particular manera para que la victima adopte el rol sumiso que caracteriza el juego del sado.

El rizo se riza cuando estos personajes exhiben carteles en los que se erigen en defensores de la vida, cuando lo son de la muerte lenta y sufrida; cuando dibujan placer en eso.

La vida se defiende luchando contra los artilugios que se fabrican para sesgarla;  no contra un Derecho. 
En muchas mentes persiste todavía la imagen del obispo de turno bendiciendo aviones que partían a matar rojos. Muchos sacerdotes fueron asesinados, es cierto, pero esa imagen, todas sus imágenes provocan eso. 
La violencia engendra violencia. Hoy, unos son viles asesinos, otros santos. 
Habría que ver que opina Jesús de todo esto; quizás les pusiera a todos una corona como la que Él llevó en su impoluto -es un decir- prepucio sacerdotal.





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