LA MINISTRA, EL SACERDOTE, EL PERRO Y EL VIRUS
Si alguien piensa que los súper héroes existen que se vaya olvidando.
Superman no puede hacer nada contra el ébola, ni Batman, ni tan siquiera Curro Jiménez acompañado del Algarrobo y toda la tropa en sus bravíos caballos.
Una crisis sanitaria de este calado requiere a hombres y mujeres preparados desde la cúpula del organigrama hasta el último vasallo. Requiere instalaciones, material y todo cuanto sea necesario para el correcto trato al paciente y el freno a la hipotética y letal expansión del virus.
¿Qué viaja en esos aviones que trajeron a nuestro país a dos sacerdotes infectados?
Aunque parezca que viaja un Santo Cristo en una urna de cristal, ahí dentro había tres cosas: un hombre enfermo, portador de un virus extremadamente letal y contagioso; un hombre que, da la casualidad es sacerdote y el propio virus. No es sólo un conjunto sino que son tres elementos que se pueden diferenciar y aislar: hombre, sacerdote y Ébola.
Sin duda alguna, en esos aviones viajaba un turista peor que los que acoge Magaluf: el Ébola.
La Ministra creyó ser una super heroína o santa Teresa en sus momentos de gozo.
No es, para nada, secundario que ambos enfermos fueran misioneros y pertenecientes a la Iglesia Católica.
Es poner en duda la ética de cualquiera que se hubiera opuesto a ese traslado; pero, recordemos que en aquellos hospitales quedaron abandonados a su suerte otros misioneros, ya muertos.
Por lo tanto, la razón responde a intereses políticos. Intereses que van encaminados a frenar la sensación de que en nuestro país, la Sanidad está perdiendo posiciones.
Y lo está, está recortada y falta de medios; de ahí el patético descontrol en el momento de su traída; de ahí la falta de personal especializado y sabedor de los protocolos a seguir; de ahí la chapuza de material que se puede apreciar en muchas fotografías.
O el fallo en los seguimientos y en el primer traslado en ambulancia previo al internamiento de la enfermera afectada.
Pero el Estado es un ente frío, nada de eso le importa. Ni le importaba la vida de los sacerdotes repatriados, puesto que sabían de las escasas posibilidades de sobrevivir.
La ministra Mato quiso lucirse y sólo ha conseguido que descubramos que tiene las piernas torcidas, peludas y mugrientas; mención a parte de poseer la cara de amargura más penosa del país al que representa dirigiendo su Sanidad.
Todo este trágico paripé me recuerda al chiste del remero.
Aquel que cuenta que los españoles, en regatas de remeros, perdían siempre.
Y siempre se reunían a analizar los porqués.
Se cambiaban cargos, se reorganizaba el organigrama...pero siempre había nueve que dirigían y uno que remaba.
En la última carrera, la cosa fue ya para echarse a reír; perdieron de manera arrolladora.
Después, en la reunión de análisis, echaron al remero.
Y el remero es la enfermera contagiada y su perro. Bendito animal que, con mucha probabilidad, se quedará sin dueña y al que sacrificarán porque la Mato quiso ganarse el Cielo.

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