martes, 22 de octubre de 2013

CUENTO DE UNA MAÑANA EN UN OTOÑO TRISTÓN

Los trovadores de una isla de princesas

El día amaneció húmedo y extrañamente caluroso.

Un cuerpo joven y sin vida era velado por pocos y ninguneado.

Arriba, en el castillo gris y negro, tres hombres celebraban el placer de celebrar la muerte.
Abajo, el pueblo se tapaba los ojos y demandaba cautela, como si no aceptara que esto ocurriera como sino fuera propio de su acerbo. 

Los trovadores no querían contarlo, la trova era fea y desagradable, no encajaba.
Los trovadores prefieren contar cuentos de princesas, aunque estas hace tiempo ya que huyeron.
Los trovadores se quejan "no son estas nuestras trovas".

No se dan cuenta de que arriba, en el castillo gris y negro, tres monstruos velan armas para satisfacer su ego, y lo hacen con la complacencia de los trovadores a los que no les gusta cantar estas trovas. 

Pobre pueblo el que vive de trovas mentirosas e hiladas para ser idílicas en paisajes de complacencia. 

Pobre pueblo el que posee trovadores a los que no les gusta cantar desdichas y prefieren silenciar, como si su silencio devolviera la vida del joven que ahora yace en la morgue fría; pero no por el joven, no por volverlo a la vida, sino porque prefieren trovas de princesas que ya habitan otros reinos o quizás nunca habitaron este y son inventos de los trovadores.

Desdichado el pueblo que posee el miedo y mira hacia otro lado para que su mano no le toque. 
Mientras arriba, en el castillo gris y negro, tres sádicos babean, saben que abajo la realidad no es, se inventa; y es así porque a nadie le gusta cantar trovas tristes. 


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