ADIOS A UNA LIBRERIA
Confieso que no soy cliente de la libreia Manet que ahora desaparece; del asunto de los libros se ocupa mi otro lado de la cama.
Pero si asiduo a sus escaparates. Emblemática esquina de dos ventanales siempre iluminados y siempre permitiéndote leer portadas de libros.
Curioso, cuán curioso es un escaparate de libros, paradójico es que en un espacio tan pequeño quepan tantas letras y en ellas haya tantas ideas o historias imaginadas o reales o ambas cosas.
Curiosas calles tan viejas como la propia ciudad, evocadores los nombres de "es carrer nou" que ya así se llamaba cuando aquí llego Barbarroja: callejón de Santo Cristo,empedrado y ocupado siempre por coches que tapan su esencia. Vieja imprenta en la que me detenía e imaginaba cómo serían aquellos tiempos de panfletos y octavillas de lucha contra la Dictadura, cómo sería el miedo y cuánto romanticismo encierran aquellos años que se adhieren a la llegada de los turistas y la aparición de estanterías con diarios en idiomas extranjeros. La llegada de la Democracia invade también toda aquella esquina y esas revistas con mujeres que invitaban a pecar y abandonar toda la doctrina que me inculcaron en la escuela a la que mi madre insistió que yo acudiera.
Hermosa arquitectura la de esa esquina, la de ese edificio al que el mahonés no mira por las prisas o por estar pendiente de no tropezar con algún despistado y alelado visitante. Balcones que dan a una Maó decimonónica, revolucionaria y a la fuerza aburguesada por el miedo. De una Maó en la que entraban libros por su puerto que se escondían en refugios como si fueran contrabando. Libros que ahora ya pocos leen en una sociedad pendiente de enseñar su salón en el que el espacio principal lo ocupa un enorme televisor de plasma, símbolo de su estatus social.
¿Que será ahora la Manent?
¿Una sucursal del Banco Hispano Americano en la que Sabina se vengará a pedradas por no encontrar a la chica del otro verano?
¿Una tienda de teléfonos móviles donde acudirá hasta el que menos tiene, pero tiene lo último en telefonía, eso último que le permite sentirse alguien y andar por la calle enviando mensajes de "guasap" a troche y moche sin ver la cara del que habla ni las tapas de un libro que le brinda una realidad muy distinta al "jajaja, Qases""
Maó pierde su esencia, son otros tiempos y otras realidades; cuando más hace falta la lucha, ésta se duerme sobre un televisor o un inseparable teléfono; ya no hay conspiración contra el Gobierno ni libros que inspiren ideas y nos descubran que el señorito de turno tiene ojos, manos, piel y hasta defeca de la misma manera que cualquiera, nada lo diferencia, excepto la idea que siglo tras siglo se fue sedimentando en nuestra sociedad y que los libros intentaron y, en ocasiones, lograron dinamitar.
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Nota del Journal.
Fue esta mañana, tomaba café y hojeaba el MENORCA. Vi esta noticia y la encontré tan apartada, tan sola en medio de tanta mentira o desgracia que me decidí a escribir algo.
El artículo está apenas redactado en 10 m. Digo esto por las posibles faltas que hubiera y que no corregiré.
Digo esto por la falta de estilo que tienen algunos párrafos que leo al repasarlo.
Digo esto por la extraordinaria acogida que puedo ver en el número de entradas. Digo esto para dar las gracias a quien lo haya leído.
Es motivo para seguir, no escribiendo sino viviendo, el que todavía haya algo de sensibilidad entre tanto mediocre. Gracias.

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