MUERA LA INTELIGENCIA, VIVA LA MUERTE
De nuestra guerra civil se habla de batallas y bombardeos, de episodios de miserias y, desde el bando vencedor, de todo aquello que ensalce una valentía asentada en la más miserable crueldad y persecución del libre pensamiento.
Aunque hay un episodio poco conocido en su totalidad para quien no quiere oír hablar de lo que ellos denominan "fantasmas del pasado" y que no es más que una herida mal cerrada que tan sólo pretende que darse a conocer para el estudio y análisis de aquellos que serán nuevos españolitos a los que se les ha de helar el corazón.
Fue en Salamanca, en la Salamanca ya ocupada por Franco y en la apertura del curso académico de su universidad.
Allí presentes, viejos profesores empezaban ya aquello que sería una incansable y patética lisonjería babosa a las esencias de la nueva España y a su Caudillo.
Allí también, lo más granado del fascismo vociferante envuelto en una cruzada que dejaba salir al sádico que todos llevaban dentro recubriéndolo de perdón cristiano.
Millan Astrany, curtido en mil batallas y tullido en otras mil
Unamuno, que perdió su vida buscando al Quijote y a Sancho, y a Cervantes, y a todos los personajes de una novela que hizo que él mismo se convirtiera a la obsesión del protagonista.
Unamuno que creyó que después de la hazaña de Cervantes, España había alcanzado el Todo, el máximo de esplendor intelectual, sin tener en cuenta el social.
Unamuno que gritó aquello de "¡qué inventen ellos!", y encerrado en sus aposentos, entre viejos libros, inventaba y desentrañaba paradojas.
Y de repente, el tullido General y el alter ego de don Quijote chocan en un enfrentamiento dialéctico que es más que una simple anécdota de guerra. Es todo un símbolo, todo un despertar súbito de la inteligencia.
El tullido general gritó "¡Viva la muerte!" y el viejo profesor no pudo reprimir el dar solución a tan terrible paradoja, la paradoja de la España de cuartel, de infumable olor a sacristía y a sudor de sobaco militar.
¡Muera la inteligencia! sentenció Astrany, como única respuesta al desarrollo dialéctico de Unamuno; fácil, rápido, a su estilo; hubiera sido mejor, para él, matarlo de un tiro; pero no sería decoroso.
Wert, el ministro Wert se ha empeñado en matar la inteligencia. No es un tullido ni es militar; pero es de su casta, de la casta de la vieja España castellana que Unamuno confundió, porque murió triste y encerrado, seguramente, y así lo demostró, arrepentido por haber creído que esos de los uniformes tenían algo de Quijotes.
Vale la pena repasar los textos y el diálogo de Unamuno; vale la pena darse cuenta de cuanta inteligencia asesinaron. Y ésta, la del viejo profesor, estuvo de su parte hasta aquel momento súbito en que el tullido general grito su paradoja y Don Quijote despertó de su locura.


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