La infanta usó fondos de Aizoon para pagar zapatos menorquines
No quisiera poner un ejemplo sexista para intentar que se entendiera mi forma de pensar: lo encuentro una buena manera y más real que la que pueda ser contraria.
Me explico: allá por nuestra adolescencia, mi generación dio un paso, en lo que a sexualidad se refiere, me atrevería a decir: brusco, abismal, vertiginoso...
Niños educados en la más estricta moral católica, pasábamos, de repente a descubrir toda la belleza de un cuerpo de mujer desnudo.
En ocasiones, acudíamos a las playas con la idea de otear detrás de alguna mata de lentisco, unos hermosos pechos que recibían con al sol con todo el erotismo que nuestras jóvenes hormonas daban a la situación.
Hoy, un pecho desnudo, un cuerpo desnudo de hombre o mujer son algo que a nadie extraña en el contexto de una playa.
Hilando con este ejemplo, voy hacia el titular que aparece en varios periódicos de la Isla.
La infanta usó fondos de Aizoon para pagar zapatos menorquines.
A este titular lo salva el verbo "pagar. Si en lugar de ello, se hubiera utilizado "comprar" estaríamos ante una subliminal publicidad del zapato "made in Menorca"
Y, estoy seguro de que muchos lectores ciudadanos menorquines o no, así lo verán: como una publi. Igual que cuando aparece en revistas o diarios que tal o cual famosa lleva como calzado: abarcas o "pretty ballerines".
Nos hemos acostumbrado a no sorprendernos. Las playas están ahora llenas de hermosos y no tan hermosos pechos desnudo y algún que otro pene al que miramos de reojo; pero no nos sorprende.
Que una Infanta de España, parte de una Institución que "en teoría" vertebra nuestro Estado, se compre o pague con dinero, supuestamente sucio, unos zapatos, suena como a honor patrio: "¡son de Menorca, yo también soy de Menorca!
"La Infanta lleva zapatos menorquines" dirán algunos. No importa que la tarjeta de crédito con la que los compró sea supuestamente de una cuenta que debería haber tributado en nuestra "caja común" para que "todos" pudiéramos comprarnos unas hermosas abarcas que tanto lucen, y que yo no tenga que pasar año tras año con las mismas. Vaya, les he cogido cariño; pero ya es tiempo de jubilarlas.

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