A LA MEMORIA DE MIGUEL ÁNGEL
No ha mucho murió Adolfo Suárez. Poco podemos decir ya de lo que se ha dicho y se seguirá diciendo.
Se fue sin Memoria; pero otros la ventilan, la esparcen; lo alaban o destronan.
Suárez sufría la desmemoria, una enfermedad que lleva el difícil nombre de su descubridor. Una enfermedad mental que se come los recuerdos; pero el olvido conlleva también la ausencia de sufrimiento.
¿Quién era Miguel Ángel Galán?
Miguel Ángel era lo que él contaba de él. Fue muchas cosas, por esa razón nunca sabré si sus relatos eran invenciones o realidades.
Fue enfermero, guardia civil, marino, empresario fabricante de abrigos de piel, estudió arquitectura...
Estuvo casado, tenía hijos; tuvo un gran amor que murió en sus brazos...
Todos estos relatos escuche de su voz, de su insoportable verborrea. Sí, insoportable.
Era hablador cansino, muchos le huían; pero se adivinaba en él una ansiedad que lo devoraba y buscaba contar sus historias y que alguien lo escuchara; buscaba compañía, tan sólo eso.
Decir que padecía agorafobia es una enorme tontería.
Siempre pulcro, bien vestido; se intuía en su ropa un pasado de persona acomodada.
Era meticuloso, ordenado; quizás lo que se cuenta de su falta de adaptación es por lo insoportable que era para él el desorden.
Aun a riesgo de equivocarme, podría clasificarle como una de las últimas victimas de aquello que llamamos "la Movida de los 80". Aquella época tan loada por lo que de creatividad tuvo; pero, tan poco criticada por lo que supuso de dolor para muchos jóvenes esa "huida" que era la heroína.
Y lo digo por su boca. Estaba enfermo, terriblemente enfermo; sufría mucho y sólo quería compañía.
Algo en su interior lo devoraba. Él luchaba, ciertamente; pero su pastillero no dejaba dudas que no había química que le ahuyentara la pena.
Huía -Dios sabe de qué- con el alcohol. Pocas veces lo vi feliz o sin su fingida felicidad. En alguna ocasión cuando ambos nos fijábamos en una hermosa sonrisa femenina, no exenta de una espectacular figura; y en aquel eterno segundo en que Iniesta marcó el gol que daba a España el Mundial, poco más.
No diré que no me entristece la forma o el lugar de su muerte; pero, algo me dice que ha dejado de sufrir, que de un soplo, la parca ha borrado toda la angustia de sus recuerdos.
Ahora nos toca a nosotros, la sociedad en la que Miguel Ángel habitó, hacer recuento.
Las enfermedades mentales son una lacra, un sufrimiento, un dolor que no queremos o no sabemos paliar. Les damos la espalda. Los enfermos mentales son molestos. Muy a menudo acaban en comisarias en las cuales, poco preparados policías, los calman a palos o atareados doctores a pastillas.
Sufren con sus recuerdos, al contrario de nuestro primer Presidente. Pero él fue cuidado y homenajeado.
Miguel Ángel no tuvo ese trato. Ahora ya nada le diferencia, y eso me alegra, me alegra su muerte: sí, lo digo sin tapujos; ahora no sufre y, allá donde esté, será él. Será alguno de esos personajes que nunca sabré si eran ciertos; pero no le dolerá.

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