OLH son las iniciales del nombre y
apellidos de un joven mahonés; pocos lo recordarán: algún amigo, amiga, su
familia…
La
vida no fue fácil para él; no lo es para nadie.
Mitigaba
su angustia como no debía, o como las leyes dicen que no se debe. Alejarla le
costaba dinero, un dinero que no tenía.
OLH
entró un día en una bar, iba armado con una pistola de plástico y robó 70€.
Acabó
en la prisión de Mahón.
Se
supone que la condena fue por la acumulación de otros delitos anteriores; pero,
robar esa cantidad con un juguete no merece tal castigo.
En todo caso, vías
alternativas, otro tipo de pena y, a
la vez, comprensión hacia los porqués de sus actitudes.
Este
joven fue el segundo presunto suicidado en la etapa de aquel Director de
Prisiones que fue cesado o cambiado de lugar.
Director acusado de “castigar” a
los presos.
Etapa en la que muere Carlos Silva, da la casualidad, un día
antes de denunciar ante el juez presuntas palizas.
86
consejeros de Caja Madrid han atracado con una tarjeta –también de plástico
como la pistola de OLH- a millones de españoles.
El
dinero empleado por el Estado para salvar la entidad era dilapidado en
ostentación, lujo, copas y putas de alto standing.
Engañaron
a miles de personas, muchos eran
pensionistas y su dinero era el ahorro de toda una vida.
Acuden
a los juzgados en lujosos coches y con caros abogados.
Da
la impresión de que el juez no será tan rápido en su decisión como lo fue con OLH.
Él
era un “bad
boy”.
Estos banqueros son señoritos y no asuntan; todo lo contrario. Si les caes
bien, te invitan a una buena comida en el mejor restaurante y pagan con tu
dinero cuando entregan la tarjeta. Tú sales de allí contento y bien comido, sin
darte cuenta del enorme timo que toda esta escoria significa.
Nadie
recuerda ya a OLH.
Lo intentó, intentó robar, pero fallo en la forma y diseño de su
plástico.
Todos
nos escandalizamos cuando nos enteramos de la poca vergüenza de estos trajeados
“hombres de negocios”; los periodistas de un lado y del otro ponen el grito en
el cielo; en los bares, corrillos y clubes de jubilados no se habla de otra cosa.
Pero
en el fondo, nadie quiere ser ni padecer como OLH, ni nadie pidió justicia para
él, ni antes ni después de muerto.
El
juez lo condeno a prisión y salió directo al cementerio; qué es un juez si no condena.
El
juez necesita condenados y la sociedad los fabrica; pero un condenado no es
cualquiera que vaya bien vestido y adornado; que porte una carpeta en la que no
porta nada más que vergüenza; que salga de un juzgado y coma de los mejores
manjares y que, cuando quiera esnifar
robe con tarjeta de plástico, la misma con la que hace sus rayas, nunca con pistola del mismo material.
No
nos engañemos; nuestra Cultura nos lleva a querer ser como el banquero y temer
al ladronzuelo.
Es
así y, si nadie lo remedia, si no empezamos a castigar la falta de Ética, ésta
se nos pegará al alma como un tatuaje a la piel…Pero no hay sitio para todos, olvidarse.

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